viernes, 24 de octubre de 2008

Ser periodista a los veinte...

La era de la tecnología nos invadió completamente. El correo electrónico, los diarios digitales y el nacimiento de la Web como gran archivo general nos acostumbró a una dinámica que dista de parecerse a la de las viejas redacciones.

Que somos vagos, que Internet es nuestra única fuente de consulta, que no chequeamos información y que no sabemos lo que es sufrir un archivo de papel; son algunos de los argumentos que nos deslizan los viejos lobos de redacción.

Etiquetados todos –sin discriminación de ningún tipo-, la nueva camada de periodistas llegamos a las redacciones con una condena innecesaria. “Yo no estudié periodismo, yo me formé en una redacción”, deslizó quien fuera alguna vez mi editor. Lo llamativo del comentario no es la firmeza con la que afirma su posición –teniendo en cuenta que pisar una redacción sin título es hoy una misión imposible- sino que el mismo sujeto fue –y no sé si lo seguirá siendo- docente de la escuela de periodismo a la que asisto. Paradójico, ¿no?

Casi como una necesidad avasallante, algunos sentimos la obligación de demostrar –minuto a minuto- nuestras aptitudes y nuestra seriedad a la hora de trabajar. Dato no menor, teniendo en cuenta que muchos de nuestros ácidos críticos han tenido más de un problema por trabajar del modo que nos achacan a todos los nacidos después de los setenta.

Sin embargo, aquellos lobos de redacción tienen un punto que no discuto. Sin generalizar, creo que hay una importante cantidad de periodistas y futuros profesionales –para el que quiera creer que un periodista lo es cuando recibe un papel que así lo confirma- que cayeron ante la tentación de lo espontáneo.

Tuve la posibilidad de trabajar con diferentes generaciones. Lo hice con aquellos personajes que me contaban esas increíbles anécdotas de coberturas de hechos históricos; trabajé con la generación que está en sus treintas y lo hice con mis pares, los pichones –en su mayoría todavía pasantes-.

No voy a generalizar, ni tengo la intención de denostar a nadie por el simple hecho de tener “equis” cantidad de años. Pero hay una realidad. Licenciados o no, la mayoría de mis pares tiene una desagradable tendencia a informar por que sí, sin tomar conciencia de la dimensión que aquellas palabras cobran en el momento en el que alguien las lee. Muchos escriben, no piensan; y, lo que es peor, no chequean.

¿Estoy coincidiendo con nuestros críticos?

Parcialmente. Me sorprendí al encontrarme con increíbles profesionales que no cumplen, todavía, ni la mayoría de edad. Sigo sorprendiéndome con el talento que desborda a muchos colegas. Hernán Escudero, Antonia Cossio, Iair Feierstein y Noelia Fuksbrauner son algunos de los que ya juegan en “primera” y prometen llevarse a la información por delante.

Pero también me sorprendió el otro extremo. Esa necesidad –que tienen algunos varios- de firmar cuanta porquería de nota hacen, de publicar cualquier dato que encuentran en Internet y considerar al “chequeo” como algo innecesario, tan sólo una pérdida tiempo. Todos y cada uno de ellos, se amparan en una flamante recomendación de su respectiva casa de estudios.

No tengo la menor idea de lo que es escribir una nota de treinta mil caracteres en una máquina de escribir. No concibo trabajar sin tener la posibilidad de comunicarme con cualquier fuente, en cualquier país y en cualquier momento. Definitivamente no sé lo que significa diagramar a mano una revista. Pero tengo intactoo el sentimiento de compromiso con la información, chequeo lo que publico y escribo después de haber realizado una exhaustiva investigación con pluralidad de fuentes.

A meses de tener el bendito título de periodista y con veinte años más de pertenencia a la “nueva camada”, espero ansiosa el momento en el que los viejos lobos de redacción superen su indiferencia y nos abran la puerta del oficio. Después de todo, los “culosquietos” no son un fenómeno actual.

Por Manuela Fernández Mendy

3 comentarios:

Alejandro P. dijo...

Es muy dificil dejarlos entrar cuando la mayoria de las veces me encuentro con "pichones" con egos altos y una falta de ética sorprendente. No todos son asi y es por eso que algunos crecen -como es tu caso- y otros no lo hacen. El problema NO ES SOCIAL, ya no me como más la excusa de que son producto de una mala formación escolar. La escuela no fue mi formación, los libros no se limitan a los que te dan en ese lugar. Una pena.

Asi No dijo...

*Alejandro P, como viejo lobo de redacción, pidió que aclare lo siguiente: "No sé cómo firmar en un blog, sólo me remito a escribirte vía msn mis palabras, espero que cumplas y no las modifiques".

Anónimo dijo...

todavia pasantes, hasta que nos rajen a la mierda por recibirnos de periodistas